martes, 12 de diciembre de 2017

RECOMENDACIONES MUSICALES 2017-2018








Alguien que llegue hasta aquí y lea esto que escribo -lo cual ya será una suerte en estos tiempos de aislamiento total que vivimos- pensará a lo mejor que exagero si digo que esta chica no sólo es la gran sorpresa musical del año 2017, sino que tiene un gran futuro dentro de la industria musical.  

Sobre la cantante de Phoenix, Arizona, deciros que su envolvente Country-Folk bien trabajado, canción a canción, huyendo de concesiones comerciales y sólidamente ejecutado, os enamorará. Os doy mi palabra. 

Se ha criado en un ambiente musical inmejorable y desde los diecisiete años ha trabajado de lleno en el mundillo colaborando con músicos como Death Vessel o Serah Cahoone.

Atentos, ojito con la Courtney, que viene pegando fuerte desde hace cosa de año y medio. Una delicia musical para el paladar.

*Me levanto en medio de la noche de este día 22 para eliminar de la breve reseña mi critica a los sectores de la música que a mi no me gustan, porque estoy cansando de mi costumbre de menospreciar todas aquellas obras y a todos los autores que a mí no me agradan; estos días atrás aprendí la valiosa lección de que debo respetar el trabajo de la gente que a mí no me convenza. Una cosa es que no te guste algo, eso es respetable; lo que no es aceptable es menospreciarlo, menospreciar el trabajo artístico de los demás.

Así que lección aprendida. En lo sucesivo trataré de no volver a hacerlo.












Yacht rock: acordes untuosos


Kiko Amat
Sábado, 11/11/2017 | Actualizado el 13/11/2017 a las 18:32 CET







Durante dos años trabajé con un hombre que no se aguantaba los pedos. Hablo en sentido literal. Era mi jefe en la tienda de discos Reckless Records, en el Soho londinense. Se llamaba Baz, era irlandés, y solía puntuar sus labores disqueras con violentos estallidos de gas. Cuando yo me volvía, sobresaltado, Baz no había alterado su postura ni celebrado su acción. Era un acto reflejo, como pestañear, y no sentía el menor pudor por ello, pese a que estábamos en un sótano sin ventanas y yo a un metro de su trasero. 
Este artículo no va de pedos (lamento haber dado esa impresión), pero sí de los discos que mi jefe ponía de fondo para sus ventilaciones rectales. A Baz le gustaba el rock, cuanto menos duro mejor. Aunque siempre elogiaba el rock clásico de los 60 y 70, yo nunca le vi escuchar a Hendrix o los Stones. Su gusto se inclinaba por lo que hoy en día se define como yacht rock, antes conocido como soft rock, antes llamado (por mí) Esa Música de Mierda Que Escucha El Jefe. Es decir: Hall & Oates, Air Supply, Toto, Ace, Steely Dan, Doobie Brothers, Chicago, Loggins & Messina, Fleetwood Mac o Christopher Cross. La sección más prudente y mansa de la radiofórmula de 1975 a 1985, aproximadamente.

En un escrito reciente afirmé que el glam rock había sido el género más ninguneado de la historia. Cuando afirmé aquello no pensaba en el yacht rock. Después de todo, al glam se lo denigraba por razones que reforzaban su credo: por adolescente, obrero, bailongo, petardo y simplón (en el pop son, todos ellos, atributos). Por añadidura, la crítica había cambiado de sentido con los años (al igual que le había sucedido a la disco music) para convertirlo en epítome de autenticidad y visceralidad.

Baladas ñoñas

El yacht rock, por el contrario, resultaba embarazoso de un modo total, y parecía irrecuperable. Su halo hablaba de californianos millonarios con americanas arremangadas hasta el codo añadiendo capa tras capa de glaseado a baladas ñoñas para un público cuarentón. Era pomposo y hortera como un sombrero panamá, y a la vez contenía un elemento de vergüenza ajena similar al que uno sufre viendo a sus padres bailar rock en una boda. Su meta era la evasión, cierto, pero así como los glameros simulaban no ser lampistas de barrio a base de capas galácticas y brochazos de rímel, los soft rockers celebraban su otredad con embarcaciones a vela y mansiones estilo colonial. Y sacos de farlopa. Era música ostentosa; el sonido de los emprendedores de 1976. En la novela 'American psycho' (1991) el yuppie asesino escucha Genesis, pero unos años atrás habría preferido a Seals/Crofts. Aquella música afable hablaba de desclase, cochazos, escapadas (con piña colada) al trópico, vacaciones e infidelidad cuarentona, la que siempre bordea lo mundano. Soft rock es lo que salía de los bafles en el bufet libre del Holiday Inn. Tapones de champán y mocasines bermellón. Manicura masculina y rizos húmedos. Música de calidad para el barrio residencial.

Y era ultrapopular. Su rechazo a la protesta o el riesgo de la década anterior caló entre un público que despertaba de la pesadilla de Vietnam (o Franco) y quería la pulserita de Evasión a Toda Costa. El soft rock es el ruido de fondo de muchos niños españoles de la época. Durante toda mi vida he tarareado casi enteros, pegando ocasionales alaridos de placer, 'hits' como 'How long', 'All out of love', 'Shadows in the moonlight' o 'Jojo' sin saber que eran de Ace, Air Supply, Anne Murray o Boz Scaggs. El rock blandengue está en nuestro ADN. Es la 'verdadera' banda sonora de mi niñez: en la radio del coche camino al camping Neptuno o pinchado en las 'revetlles' de 1981. Uno lo vive ya como tic menor: algo que heredaste pero que no incomoda, y sobre lo que tampoco vas a investigar. Está allí sin molestar (lo que, por otro lado, siempre fue su intención).

¿Cómo sonaba?

La Wikipedia española aventura que «se distingue de otros tipos de rock por el uso de distorsiones poco saturadas en las guitarras, melodías fácilmente asimilables y letras poco controvertidas». La realidad es aún peor. El soft rock es como el medio tiempo más almibarado de los Beatles tuneado con esencias jazzísticas y soul pálido, encerado por músicos de estudio con el mayor número de arreglos al alcance del hombre (violines, pianos, Moogs, ocarinas) y pasado de mano en mano por un ejército de productores. Un ejemplo: en 'Gaucho', el disco de 1980 de Steely Dan, se utilizaron 42 músicos de estudio y 11 ingenieros de sonido (en el punk rock estaban de suerte si un solo ingeniero se saltaba el pub, y de los cuatro miembros del grupo siempre había una baja por sobredosis).
El rock blando busca la ampulosidad digerible, sin la caprichosa cripticidad del rock sinfónico. Más langosta y menos hobbits. Virtuosismo dulzarrón para la peña. El soft rock puede ser pizpireto, incluso marchoso ('Long train running' (1973) de los Doobie Brothers o 'Private Eyes' (1981) de Hall & Oates), pero siempre es cauto, más soft que rock. En los videos se ve a fulanos con guitarras, sí, pero no se escuchan (les bajaban el sonido o las sepultaban en teclados). La diferencia entre soft rock y AOR (o rock para adultos) es sutil: es la que existe entre el 'Ride like the wind' de Christopher Cross y el 'More than a feeling de Boston'. El yacht rock es rock and roll sin volúmen, música negra sin negritud (como 'Rock the boat' de Hues Corporation): soul sin alma. Untuoso y plácido hasta el desespero; la BSO del centro comercial más cercano (en 1982). 

El rock blando era música ostentosa: el sonido de los ‘emprendedores’ de 1976


JD Ryznar, director de la serie cómica 'Yacht Rock', detecta los discos porque siempre «hace coros Michael McDonald [Doobie Brothers, Steely Dan] y salen tíos en barcos en la portada». En los videos, el grupo (10 personas mínimo) es multirracial hasta el paroxismo, a veces incluyendo a razas no conocidas a las congas. La producción es aerodinámica, plácida, sin marejada: los productores pasaban la lijadora una y otra vez hasta que la música era suave cachemir. Rock radiofórmula al Photoshop. Acordes pringosos como el merengue. Pura basura.

O no. Algunos intuimos el cambio con la piel de gallina que acompañaba al 'Dreams' de Fleetwood Mac (a los amigos les decíamos que era un sarpullido). Aceptamos poco a poco que nuestra parte favorita del 'Eye Know' (De La Soul) era el sample de Steely Dan. Fue un proceso de aceptación similar al de los alcohólicos. No tenía relación con la nostalgia. Simplemente: algunas canciones eran alucinantes. Escuchen 'Summer breeze' de Seals/Crofts. A unos cimientos de soul setentero (era de los Isley Brothers) los autores le edificaron un entresuelo Carole King y un primer piso de psicodelia comercial, y lo coronaron con un tejado de coros tan tumultuoso que a su lado la escolanía de Montserrat parece el fulano de 'Don’t worry be happy'. Es una canción muy trabajada. 

Ese es otro atributo clave: la artesanía musical; la obsesión y perfección. En 'Baker street' de Gerry Rafferty (también llamada «la del anuncio de Fortuna»), el saxo que sobrevuela la melodía es la clave del éxito. Suena a 'jet' y a rascacielos. Duran Duran sacaron media carrera de ese riff. Miren 'Rio', con sus yates, bombachos rosa, playas del caribe… Y el saxofonista, descalzo. Yacht total.
En todas partes

El soft rock está en todas partes, aderezo de series y películas cuya acción se sitúa en los 80. Así como los niños de los 70 nos comimos los 50 idealizados de Lucas y Spielberg, hoy los milenitas se infectan de 'hit parade' ochentón. El filme 'Guardianes de la galaxia' ha conseguido que molen dos canciones nada molonas: 'Brandy (you’re a fine girl)', de Looking Glass, y el 'Escape (The Piña Colada song)' de Rupert Holmes. En la serie de Netflix 'Mindhunter' suena el 'Baker street', junto a 10cc, Alan Parsons Project y Toto (su 'Africa' también aparece en la serie 'Stranger things'). Y no solo es la gran pantalla. El músico Mac de Marco es casi un grupo de tributo soft rock (escuchen 'Another one', con su video-guiño a la estética yatesca). Artistas indie como The New Pornographers o Bart Davenport grabaron álbumes de tendencia soft. La banda Grizzly Bear colabora con Michael MacDonald, como también lo hizo el hiphopero Thundercat al fichar a McDonald y Kenny Loggins para su 'Show you the way'.

Nada de esto borra mi pasado; más bien lo contrario. Suena el 'I.G.Y' de Donald Fagen y estoy de nuevo en uno de dos sitios: a) en el 127 de mi padre, en 1982, camino de Pals o b) sótano de Reckless Records, año 2000, tras un crujiente cuesco de Baz. No son malos recuerdos. No eran malas canciones. 


















Una de las mejores noticias musicales del año.








Así sonaban en 1992, mirad qué fuerza, qué energía.




Un enlace a la web de Mondosonoro en Aragón

¡Esperando ya el número de diciembre! ¡aguanten Mondosonoro!
Tienen que durar muchos años más.







Señor Midas, tiene usted un gusto musical exquisito.

y lo comprobarán personalmente. Estos tíos sí que saben.































Queen: Rapsodia Trágica (Completo reportaje revista RollingStone)

Posted on 3 enero, 2015 by leonardoalva9
Teatrales, brillantes, excesivos y malditos… No ha habido nunca otro grupo como Queen ni un intérprete como Freddie Mercury.

Por Mikal Gilmore

Lo suyo fue un renacimiento completamente inesperado. Desde el mismo momento en el que Freddie Mercury y los demás miembros de Queen -el guitarrista Brian May, el batería Roger Taylor y el bajista John Deacon- se subieron al escenario del Wembley Arena londinense aquel 13 de julio de 1985, en el histórico concierto del Live Aid, el grupo dejó su nombre para la historia. Mercury comenzó sentado al piano, tocando el tema más famoso de Queen, la extraña y maravillosa Bohemian Rhapsody. La banda atronaba por detrás de él con majestuoso estruendo y 72.000 personas coreaban letras que parecían ancladas en la memoria colectiva. Todo se empezó a construir a partir de allí. Mercury cogió el pie de micro y la banda empezó a tocar la eufórica Radio ga-ga: el público respondió con un gesto colectivo; dando palmas con las manos sobre sus cabezas y elevando sus puños cuando el cantante les animaba con su sonoro rugido. Para algunos, aquella visión de la multitud actuando en una espontánea armonía fire terrorífica, lo más parecido a una marea humana: tanto poder en manos de un grupo y una sola voz.
Que fueran Queen los encargados de llevarlo a cabo aquello, fue algo maravilloso para casi todo el mundo. Parecían haber llegado al final de su recorrido. Tras su épico disco de 1975, A night at the opera, habían ¡do apilando éxito tras éxito con una gran variedad de estilos musicales: del pop barroco al hard rock, del disco al rockabilly, pasando por el punk. Posteriormente, a mediados de los 80, su destino habían cambiado -en parte porque muchos fans tuvieron problemas aceptando la percibida homosexualidad de Mercury. Después de un garrafal error de juicio en 1984, cuando aceptaron hacer varios conciertos en la Sudáfrica del apartheid, Queen se convirtieron en parias incluso en su Inglaterra nativa. Sin embargo, tras su actuación en el Uve Aid -que ejemplificó todo lo extraordinario que la banda tenía: su alcance, su virtuosismo y su dominio del escenario- la gente quiso más. Años después May diría: “Aquello fue todo culpa de Freddie. Los demás tocamos bien, pero Freddie salió allí y lo llevó a otro nivel”.
Hoy, casi 23 años después de que Mercury falleciera de una bronconeumonía relacionada con el sida, el legado de Queen sigue siendo inseparable de su persona, a pesar del éxito que May y Taylor puedan cosechar en la próxima gira junto al vocalista Adam Lam-bert. En las ocasiones en las que ambos han hablado de los años de Mercury (Deacon ha rechazado hablar sobre la experiencia), parece que siguen confundidos por lo maravillosos y horribles que fueron. “Estábamos todos muy unidos”, dijo Taylor dias después de la muerte de Mercury. “Pero incluso así, había cosas que desconocíamos sobre Freddie”. Años más tarde, May dijo: “Nos jodió como sólo puede ocurrir con una experiencia extraordinaria. Eramos el grupo más grande del mundo… Nos adoraban, estábamos rodeados de gente que te ama y aún así, nos sentíamos completamente solos… El exceso se filtró desde la música a nuestras vidas”.
Queen empieza y acaba con Freddie Mercury: El personalizó la identidad del grupo, sus triunfos y errores, era la mente cuya pérdida no supieron sobrellevar.
Sin embargo, al principio de toda esta historia, no había Freddie Mercury.
Él era Farrokh Bulsara. nacido el 9 de septiembre en el protectorado británico de Zanzíbar, en la costa este af ricana, en el seno de una familia que practicaba el zoroastrianismo, una de las religiones monoteístas más extrañas del mundo. Bomi, el padre de Farrokh, era un importante recaudador del gobierno británico, lo que implicaba que él, su mujer, Jer, y Farrokh -y poco después su hermana Kashmira- vivían en un entorno privilegiado en comparación con la mayor parte de la población de la isla.
En 1954, cuando Farrokh tenía 8 años, los Bulsara le enviaron a la escuela inglesa St. Peter’s, en la India. Situada a unos 180 km de Bombay, la escuela era considerada el mejor internado masculino de la época en aquella parte del mundo. Farrokh llegó siendo un chico tímido, consciente de la prominencia de su mandíbula superior, algo que le valió el apodo de “Bucky” [dientudo]. Seguiría siendo sensible a sus dientes el resto de su vida, cubriendo su boca con la mano cuando sonreía. A la vez, se dio cuenta de que su prominente retrognatismo -causado por cuatro dientes de más en la parte trasera de su boca- podía ser su mayor bendición, confiriendo a su voz su distintiva resonancia.
Muchos recuerdan a Farrokh como alguien solitario en el internado. “Aprendí a cuidar de mí mismo”, diría años después, “y maduré rápido”. Algunos profesores empezaron a llamarle Freddie cariñosamente y él se apropió del nombre. Cultivaba sus gustos culturales. La familia le había introducido en el mundo de la ópera, pero él empezó a descubrir su amor por los sonidos del pop occidental, especialmente por el bullicioso rock & roll basado en el piano de Little Richard o el virtuoso R&B de Fats Domino. Después de que su tía Sheroo descubriera que Freddie tenía la habilidad de escuchar una canción una vez y luego sentarse al piano y tocarla, sus padres le pagaron la matricula para unas clases particulares de música.
En 1958, formó su primer grupo, The Hectics, junto a otros compañeros. En Freddie Mercury: la biografía definitiva (Lesley-Ann Jones, editado por Alianza), Gita Chok-si, una estudiante de un internado femenino “Escucha Bohemian rhapsody, ¿con quién puedes comparada? dijo
Mercury. “A mí no se me ocurre nadie.”
vecino, contó que encima del escenario Freddie dejaba de ser un chico tímido. “Era un intérprete llamativo, y en el escenario se encontraba en su elemento”.
Varios alumnos del St. Peters creían que Freddie estaba enamorado de Gita, aunque ella dice que nunca fue consciente de ello. Para otros, estaba bastante claro que Freddie era gay, pero lo que no estaba nada claro es que litera sexualmente activo. Janet Smith, ahora profesora en el internado femenino, le recordaba como “un chico intenso, extremadamente delgado y con el hábito de llamar ‘cariño’ a cualquiera, algo que sonaba un poco raro. No era algo que los demás chicos dijeran en aquella época.. Se aceptó generalmente que era homosexual. Normalmente en esa época hubiéramos pensado: ‘Dios, qué desagradable’. Pero con Freddie no pasó. A todo el mundo le parecía bien”.
En 1963, Freddie regresó a Zanzíbar junto a su familia. El gobierno colonial británico había acabado ese mismo año; al año siguiente, la isla sufrió una revolución y con ella masacres, y los Bulsara emigraron a Feltham, cerca de Londres. El clima era malo y el sueldo más bajo que antes, y Freddie empezó a cambiar de una forma que no comprendieron. “Era bastante rebelde y mis padres no lo soportaban”, le contó a Rolling Stone en 1981. “Me fiti pronto de casa. Quería ser el mejor. Quería ser mi propio jefe”.
Si se dejó algo en Zanzíbar o en Bombay, Freddie Bulsara nunca lo consideró algo sobre lo que hablar. Llegó justo en el momento de la revolución cultural londinense, el momento de los Beatles y los Rolling Stones. La vida se abría delante de él y él estaba dispuesto a disfrutar de cada momento del futuro.
A1 igual que Bulsara, los otros dos hombres que fundaron Queen, Brian May y Roger Taylor, estudiaban a finales de los 60 en Londres. May era alto, delgado, de voz suave, erudito y estaba empezando a mostrarse como un guitarrista visionario. Lo que más modeló su sensibilidad, según diría posteriormente, fue la música de armonías que había estado escuchando desde los 50: las melodías vocales de Buddv Holly and the Crickets, las capas de cuerdas del maestro italiano Man-tovani y, más tarde, en los 60, los innovadores métodos de los Beatles.
A finales de 1963, May y su padre construyeron una guitarra eléctrica con la madera de caoba de una chimenea. Conocida como la Red Spccial, es la guitarra que May aún sigue tocando. May y un amigo, el bajista Tim Stafl’ell, tocaban en una banda de versiones llamada 1984, cuando ambos empezaron la universidad a mediados de los 60. May comenzó matemáticas, física y astronomía en el Imperial College; en 1968, él y Stalfell formaron un nuevo grupo, Smile, que estaba más cerca del espíritu de improvisación que
Freddie Mercury y quedarme boquiabierto cuando montó la batería en el Imperial College”, le contó May a Mojo en 1999. “Sólo el sonido que sacaba afinando la batería era mejor que lo que había escuchado a cualquier batería hasta entonces’.
Staft’ell también compartía intereses musicales con Freddie Bulsara, quien por entonces estudiaba en la escuela de arte de Ealing, como Staffell. En esa época Bulsara ya no era tan reseñado. Llevaba el pelo largo, tenía una exótica belleza a la que sumaba un aire peligroso. Se movía de forma sinuosa. Staffell se llevó a Bulsara a que conociera a Taylor y May a comienzos de 1969. Bulsara les impactó por su peculiaridad -se pintaba las uñas de negro, era un poco afeminado- pero era adorable. Al mismo tiempo, también podía ser arrogante. “En aquella época”, contó May, “era todo un entusiasta. Decía: ‘Esto es muy bueno, me encanta cómo… sabéis crear una atmósfera y luego hacerla desaparecer. Sin embargo, no lo hacéis correctamente, no os dirigís al público como habría que hacerlo. Siempre hay una oportunidad de conectar con ellos”.
En aquella época, Bulsara formaba parte de varios grupos y tenía tendencia a remodelarlos completamente. Le gustaba cantar blues -que era lo que pedían casi todos los grupos- pero sus influencias eran mucho más amplias: las composiciones del autor y cantante británico Noel Covvard; Mozart y Chopin; la forma de cantar de Dick Powell, Ruby Kee-ler, Robert Plant y Aretha Franklin; además del histrionísmo de sus dos estrellas preferidas: Jimi Hendrix y Liza Minelli. Después de ver a Smile, sin embargo, su ambición pasó a ser la de la voz principal en un grupo. A veces, en los conciertos de Smile, gritaba: “iSi yo fuera vuestro cantante os enseñaría cómo se hace”.
A principios de 1970, tras varias falsas esperanzas, Staffell anunció que dejaba Smile. May, Taylor y Bulsara eran compañeros de piso. Los otros eran muy conscientes de que Bulsara era un diestro pianista y que se estaba convirtiendo en un cantante excepcional. Así que, en abril de 1970, empezaron un nuevo grupo. Probaron a varios bajistas -al menos uno de ellos tuvo problemas con el estilo desmesurado de Bulsara- antes de dar con John Deacon en 1971.
Deacon era otro estudiante ejemplar (tenia un título en ciencia acústica) y dejó a todo el mundo sorprendido por su introspección. (“Casi no nos dirigió la palabra”, recordaba May de su primer encuentro). Sin embargo, aprendió rápido y, en su audición, “llenó los huecos y no falló una puta triunfaba en el rock británico con bandas como Cream y otros entre sus máximos exponentes. Pusieron un anuncio en el Imperial College: “Grupo busca batería que pueda tocar como Ginger Baker y Mitch Mitchell”. Taylor, que se preparaba para ser odontólogo pero que odiaba estudiar, contestó al anuncio. Taylor, guapo y algo alborotador, era el batería que Smile estaban buscando, aunque su estilo estaba más cerca del de Keitli Moon de los Who y -al igual que Moon-, tenía un instintivo sentido de la tonalidad. “Recuerdo un músico que estaba presente aquel día. Deacon lúe contratado.
Bulsara no tardó en ejercer su influencia, persuadiendo al resto para vestir de forma más llamativa, como si fueran dandis. También insistió en que había encontrado el nombre perfecto para el grupo. May y Taylor sugirieron nombres como Rich Kids y Grand Dance, pero Mercury insistió en Queen “Es un nombre muy regio”, dijo. “Era un nombre sonoro, universal e inmediato”, dijo años después. “Tenía mucho potencial visual. Estaba abierto a todo tipo de interpretaciones, pero eso era sólo uno de sus puntos fuertes”.
Además, de forma crucial, el cantante de Queen ya no era Freddie Bulsara. Se convirtió en Freddie Mercury. Su nuevo apellido hacía referencia al mensajero romano de los dioses. “Creo que el hecho de cambiarse el nombre fue una forma de cambiar de piel”, dijo May en un documental de 2000. “Estoy seguro de que le ayudó a ser la persona que siempre quiso ser. Su personalidad como Bulsara seguía allí, pero para el público era un personaje distinto, una especie de dios”.
En los primeras años de Queen surgió una leyenda que decía que la banda había pasado un año o dos planeando las estrategias para su éxito mucho antes de que nadie escuchara su música. Deacon les comentó una vez a sus amigos que el grupo tenía “un plan a diez años vista”. Para la prensa musical ese tipo de ambición era un fraude, más que pasión por la música o sus posibilidades sociales. Fue una imagen que Queen no consiguieron quitarse de encima durante toda su carrera. La realidad es que el ascenso de Queen estuvo amenazado [xi r cuestionables contratos discográficos y serios problemas de salud (May casi perdió un brazo por la gangrena, luego fue hospitalizado por hepatitis y por una úlcera).
Mercury, sin embargo, no tenía un ‘plan B’. May, Taylor y Deacon podían centrarse en sus carreras académicas: May seguía trabajando en su tesis doctoral en astrofísica en los primeros años del grupo, y Deacon admitiría con el paso del tiempo que no estuvo convencido de que Queen fueran a sobrevivir hasta su tercer disco. Mercury acató convenciendo a los miembros del grupo de que valía la pena centrarse exclusivamente en el grupo. “Íbamos a abandonar nuestras carreras en otros campos para volcarnos en el rock”, diría más tarde May, “no estábamos preparados para ser unos segundones”.
Cuando el grupo publicó su disco de debut, Queen, enjillió de 1973, su contenido ya les parecía caduco. Mercury no tenía paciencia para improvisaciones o fantasías. Creía que unas canciones bien compuestas con melodías potentes eran lo único necesario; si querías que la gente te prestara atención, había que ofrecer actuaciones memorables. También acalló convenciendo al grupo de que la imagen de un grupo -su forma de vestir, cómo un cantante se movía y controlaba el escenario- era igualmente importante.
Con sus uñas de negro, sus mallas de arlequín y su capa con alas de ángel, Mercury se reveló en todo su esplendor andrógino, algo que también ocultaba un lado oscuro.
Todos aquellos atributos tenían similitudes con el estilo que estaban forjando en aquellos momentos artistas como David Bovvie, T. Rex, Roxy Music o Mott the Hoople, algo que supuso una preocupación. “Empezamos a hacer glam rock antes que Svveet y que Bovvie”, dijo May en aquel momento, “y estamos preocupados porque igual llegamos tarde”.
Con sus siguientes discos, Queen II y Sheer Heart Attaek (ambos de 1974), Queen consiguieron ponerse al día consigo mismos. El espléndido sonido de Queen II y la aproximación mis dura y propulsiva de Slieer heart 2 attaek sentaron las bases para el extra vagan- g te y complejo sonido que marcaría la pri- 3 mera época triunfante de la banda. Sobre el o escenario, Mercury era el centro de atención.
La prensa británica odiaba su teatralidad y sus manierismos. A pesar de ello, consiguió crear un poderoso vínculo entre el grupo y su público, y solía invitar a la gente a corear los temas junto a él. “Lo que tienes que entender”, le explicó en una ocasión a otro cantante, “es que mi voz surge de la energía del público. Cuanto mejor son ellos, mejor soy yo”.
En la grabación de su cuarto disco, A Night At The Opera, en 1975, Queen sintieron que era su momento. May recordaba pensar: “Este es nuestro lienzo y lo pintaremos a nuestro antojo”. Mercury tenía ¡deas para un absurdo tema épico. El productor Roy Thomas Barker, que había trabajado con la banda hasta entonces, ha contado en alguna ocasión la historia sobre la primera vez en la que escuchó Bohemian rhapsody: “Freddie estaba sentado en su apartamento y dijo: Tengo esta idea para un tema’. Empezó a tocarlo en el piano… De repente, paró y dijo: ‘Ahora, queridos, es cuando entra la parte de la ópera”. A partir de la primera parte de balada, la canción se introducía en una suerte de opereta rock, continuaba con forma de poderoso rock and roll para volver a acabar como una balada. En palabras de May, “era la niña de Freddie”.
Queen y Baker trabajaron el tema durante semanas. Grabaron unas 180 partes vocales para la canción, conformando así su famoso coro catedralicio. En un momento dado, había tantas pistas, y la cinta de audio se había vuelto tan transparente, que una grabación más la habría hecho evaporarse.
Cuando Bohemian rhapsody estuvo acabada, Queen decidió que quería que ftiera el primer single de A Night At The Opera. John Reid, el manager del grupo en aquel momento -también lo era de Elton John – les dijo que sería imposible si no se hacía una versión editada del original que duraba seis minutos. Deacon tenía la misma opinión, pero Taylor y May compartían la decisión de Mercury. Cualquier tipo de duda quedó disipada, cuando Mercury y Taylor le mostraron el tema acabado al locutor de la BBC Kenny Everett. “Va a ser número uno durante siglos”, comentó. Acabó sucediendo: Bohemian rhapsody se convirtió en el primer número uno de Queen en Gran Bretaña y también entró en el Top 10 americano. Desde entonces, el tema ha permanecido en los primeros puestos de las listas de los mejores y los peores singles en Gran Bretaña. Eso nunca intimidó a Mercury. “Mucha gente despreció Bohemian rhapsody”, dijo, “pero, ¿con quién más puedes compararla?”.
Mercury no tenía paciencia con aquellos que le pedían que les explicara el significado de la letra. “Que les den, cariño”, afirmaba. “No diré más de lo que diría cualquier poeta decente si le pidieras que analizara su obra: ‘Si lo ves, querido, es que está ahí”. Sin embargo, también podría ser posible que la canción tuviera un significado que Mercury simplemente aún no estaba listo a divulgar. “Las letras de Freddie estaban repletas de significados ocultas” diría posteriormente May. “Pero no era difícil darse cuenta, a partir de pequeñas percepciones, que muchos de sus pensamientos más íntimos estaban allí expuestos”. De hecho, Rhapsody podría haber relatado la por entonces vida secreta de Mercury. “El tema”, dijo el crítico Anthony DcCurtis, “trata sobre una secreta transgresión -‘Estoy siendo castigado’- al mismo tiempo que habla sobre el deseo de libertad”.
Mercurv mantenía sus debilidades bien a resguardo porque sentía que tenía que hacerlo así. Algunos pensaban que su muy amanerado comportamiento sólo era una gran afectación. El fotógrafo Míck Rock recuerda a Mercury “aventurarse” en relaciones con mujeres. “Conozco uno o dos nombres”, contó Rock. Además, Mercury mantuvo una apasionada relación con la que fue su compañera durante varios años, Mary Austin, una glamurosa joven a quién conoció en Biba, una casa de moda londinense.
El creía que le gustaban las mujeres”, le contó una compañera de la escuela de arte de Mercury a la bíógrafa Lesley-Ann Jones. “Le llevó un tiempo darse cuenta de que era gay… No creo que fuera capaz de afrontar los sentimientos que aquello causó en lo más profundo de su ser“. En la época de su disco A Day At The Races, en 1976, Mercury llevaba un tiempo actuando de forma extraña con su novia Austin. “Yo estaba segura de que él se sentía mal por alguna razón”, explicó ella en un documental. Al final, Mercury acabó contándole a Austin el descubrimiento que acababa de hacer sobre sí mismo. “Fue un alivio escuchárselo decir a él”, contó.
Mercury mantuvo una cercana relación con Austin el resto de su vida, contratándola como asistente personal y consejera, y a pesar de sus numerosas relaciones posteriores, solía referirse a ella como su esposa legal. A partir de entonces, según Austin, Mercury no sintió la obligación de explicar su sexualidad a nadie más.
Tampoco toleraba difamaciones baratas. En el libro Queen: the early years, alguien que había trabajado con Queen en un con “Cabrones”, les dijo Elton John en el camerino tras el Live Aid de
cierto en Manchester cuenta: “Queen acababan de subir al escenario y un tipo le grita a Freddie: ‘¡Tú, maricón!’. Freddie exigió que alguien enfocara al público para encontrar al tipo. Entonces le dijo: ‘Cariño, vuelve a decirlo ahora’. Y el tipo no sabía qué hacer… Vi cómo un tipo de casi dos metros se encogía hasta reducirse a unos centímetros”.
REINA ASESINA
Mercury en el estadio de Wembley en 1986. “Probablemente seamos ahora mismo la mejor banda en directo del mundo”, dijo Roger Taylor ese mismo año. “Y vamos a demostrarlo”.
Si la homosexualidad de Mercury fue un problema para los miembros de Queen, es algo que nunca se vio en público. Había muchos otros muros que derribar antes. En 1976, más o menos por la época en la que se publicó A Day In The Races, el movimiento punk comenzó a dividir el mundo del rock, menospreciando gravemente a grupos como Queen. “Un concierto de rock ha dejado de ser una ceremonia de adoración a una estrella por parte de los fans” declaró a New Musical Krpress. “Aquella ilusión, aún perpetuada por Queen, está siendo rápidamente destruida”. Cuando Queen se encontraron grabando en un estudio adyacente al que estaban usando los Sex Pistols, Sid Vícious supuestamente le preguntó a Mercury: “¿Así que tú eres ese Freddie Platinum que se supone que lleva el ballet a las masas?”. Mercury le contestó: “Ah, el señor Feroz. Hacemos lo que podemos, querido”.
Fueran cuales fueran las razones, el hecho es que con su disco de 1977, Neics of the world, el sonido de Queen cambió drásticamente: era una música mucho más austera; las lujosas orquestaciones habían sido sustituidas por extrañas y novedosas construcciones. May dijo: “Estábamos saturados de las producciones con decenas de pistas mucho antes de que aparecieran los Sex Pistols, así que deliberadamente hicimos News of the icorld para regresar a lo básico y reencontrarnos con la vitalidad”.
Dos de los temas del disco, We tvill rock you y We are the champions son los más conocidos de toda la carrera de Queen, y los más guerreros. We Will Rock You, compuesta por May, comienza con unos estruendosos golpes y una letra que parecía advertir a los escépticos -“Alguien mejor ha vuelto a ponerte en tu sitio”- y que algunos tomaron como una refutación del punk.

We are the champions
, compuesta por Mercury, fue un tema controvertido incuso dentro de la banda. May temía que la gente pudiera tomarla como una muestra de una arrogancia desmedida, así que le dijo a Mercury: “No puedes hacerlo”. Mercury contestó: “Sí que podemos”. Ambos temas se convirtieron en éxitos masivos… y repulsivos para algunos, haciendo que un crítico de Rolling Stone calificara a Queen como “la primera banda verdaderamente fascista”. Ambos temas, según May, fueran diseñados para ser coreados en estadios, “con la participación del público en la cabeza”. Según Taylor, en ambos “el ‘nosotros’ es colectivo, referido a nosotros, al público y a cualquiera que esté escuchando. No era una forma de decir: ‘Somos el mejor puto grupo’, se trata más de “¡Nos habéis robado el concierto!” una suerte de bondad general”. Algunos la consideran como una manifestación furtiva y subversiva de autocontrol gay, aunque todas estas interpretaciones han sido desestimadas por la forma en la que las canciones se convirtieron en cánticos universales de vencedores y eventos deportivos.
Puede que News sea el mejor álbum de Queen. La mayor parte de sus discos posteriores Jazz (1978),
The Game (1980), The Works (1984) y A Kind Of Magic (1986) nunca volvieron a tener una cohesión estilística, aunque sin duda contenían varios éxitos (por ejemplo, Under pressure, junto a David Bowie; Radio Ga-Ga, j de Taylor; Crazzy Little Thing Called Love, de Mercury, y Another One Bites The Dust, de Deacon) que ayudaron a Queen a atraer cada vez a más público a sus conciertos.
A principios de las 80, Mercury se había deshecho de su florida imagen de los 70. Se cortó el pelo, se lo peinó hacia atrás, empezó a vestir de cuero o a llevar ajustadas prendas deportivas y se dejó un frondoso bigote.
Era el ejemplo de lo que a finales de H los 70 se conocía como el aspecto de “clon gay” musculoso, una conducta totalmente ajena al mundo del rock. También lo trasladó al escenario, en particular durante una interpretación de Another one bites the dust, cuando Mercury cruzó el escenario en ajustados pantalones cortos, soltando frases como “muérdelo”, “muérdelo fuerte, cariño”. Era lo más cerca que nunca estaría de admitir su sexualidad en público. En algunos conciertos de su gira americana de las 80, algunos fans tiraron al escenario maquini-llas de afeitar desechables: no les gustó esta identidad de Mercury -la de un héroe del rock descaradamente gay- y esa lúe su forma de demostrarle que querían que lo cambiara.
Queen no volverían de gira a EE UU después de 1982. Hubo rumores que decían que algunos miembros de la banda culparon a la imagen de Mercury de alienar a aquel público. “Algunos lo odiábamos”, le contó Deacon a RollingStone en 1981. “Pero él es así y no se le puede parar”.
Queen continuaron haciendo giras gigantes, llenando estadios por todo el mundo durante la mayor parte de los 80. Las giras eran enormes, y los conciertos tan espectaculares que se acabó convirtiendo en otro aspecto en contra del grupo: para algunos observadores, Queen era una industria, no arte. Es más, a juzgar por un par de desafortunadas ocasiones, quién sabe si una industria sin corazón. A comienzos de 1981, Queen llevaron a cabo su primera gira -breve pero intensa- por Sudamérica.
Ninguno de los grandes grupos de rock se habían tomado tan en serio al público de aquella zona como para hacer ese esfuerzo.
El primer concierto iba a tener lugar en Buenos Aires, y sería el mayor hccho en el país hasta aquella fecha. En aquel momento Argentina se encontraba gobernada por Videla, un dictador que hacía la “guerra sucia” contra la izquierda y los ciudadanos de a pie, matando a 30.000 personas. Queen intentaron racionalizar su visita. “Ibamos a tocar para la gente”, dijo Taylor. “No fuimos allí con una venda en los ojos”.
EL ÚLTIMO VUELO
Mercury en la última actuación de Queen en Knebworth, a las afueras de Londres, el 9 de agosto de 1986. Actuaron para unas 200.000 personas y al acabar, Mercury desapareció rápidamente.
Sin embargo, su reputación quedó dañada. La imagen fue a peor aún cuando el grupo accedió a realizar 12 actuaciones en Sudáfrica, en el estadio Sun City Super Bowl en octubre de 1984. Sudáfrica seguía manteniendo el firme puño del apartheid y la ONU pedía a los artistas que ayudaran en el boicot al país. Además, el Sindicato de Músicos Británicos prohibió a sus miembros actuar en el Sun City. Queen tocaron de todas formas, a pesar de la apasionada controversia previa en Inglaterra, pero tuvieron que cancelar varios conciertos después de que la voz de Mercury se resintiera en el concierto inaugural.
Al tocar en estos países, parecía como si Queen se alinearan con el poder. “No me gusta escribir canciones con mensaje”, dijo Mercury en aquella época. Eran artistas, afirmó, una banda apolítica que no sancionar al gobierno de un país por el hecho de tocar para sus ciudadanos. Pero los ataques continuaron aumentando. A finales de 1984, cuando ningún miembro de Queen fiie imitado a participar en la grabación benéfica de Band Aid del tema Do They Know It’s Christmas? organizada por Bob Geldof y Midge Ure para paliar la hambruna en Etiopía- Mercury se sintió profundamente herido. El grupo se vio inmerso en una depresión colectiva, y hay varios relatos que hablan incluso de que llegaron a considerar la disolución o, al menos, tomarse un largo periodo sabático. Mercury diría posteriormente: “No sé lo que Queen representa”.
Sin embargo, unos meses más tarde, Geldof les imitó a tocar en el concierto de Live Aid que se celebraba en Londres (y Filadelfia a la vez) en 1985. Queen dudaron en un primer momento. Iban a actuar a la luz del día, algo que no les gustaba, y también les preocupaba la calidad del sonido. Además, sería una jornada llena de otros grandes nombres -en Londres, Paul McCartney, U2, Elton John, Bowie, los Who y Sting junto a Phil Collíns- y Queen probablemente sabían que serían \istos como los raros del evento debido a sus controversias políticas de los últimos años. Aún así, Geldof les convenció y 22 minutos después de que Queen salieran al escenario de Wembley la tarde del 13 de julio, en un concierto retransmitido para todo el mundo, lo hicieron convertidos en unos inesperados héroes. Elton John fue a verles al camerino. “Cabrones”, les dijo: ”¡Nas habéis robado el concierto!”. “Fue el mejor día de nuestras vidas”, diría May.
La actuación reanimó al grupo. En septiembre, Queen empezaron a trabajar en Múnich en It’s a kind of magic, además, empezaron a preparar la gira veraniega de 1986. “Creo que ahora mismo somos la mejor banda de directo del mundo”, dijo Taylor, “y vamos a demostrarlo… Vamos a hacer que Ben-Hur parezca Los teleñecos” Los conciertos parecían colmar las expectativas: Queen estaban en la cumbre en todos los aspectos. A pesar de ello, Mercury sufría repentinos cambios de humor. Durante una discusión en España, le dijo a Deacon: “No voy a hacer esto toda la vida. Ésta quizás sea la última vez”. Algo que supuso una gran sacudida para el grupo, según explicaría May.
Al final de la gira, había tanta demanda de entradas que Queen tuvieron que añadir una nueva fecha final en el parque Knebworth, el 9 de agosto de 1986, tocando para unas 200.000 personas. Cuando acabó el concierto, Mercury abandonó rápidamente el lugar. Estaba claro que tenía algo en mente. No quería que el público que le adoraba le viera nunca más. Queen acababan de dar su último concierto.
A comienzos de la década de los 80, el sida empezó a propagarse por EE UU. Primero desde Nueva York, donde surgieron la mitad de los casos de infección por el virus. Algunos se refirieron a la enfermedad asesina como “la plaga gay”, pero pronto se llegó a la conclusión de que la enfermedad no discriminaba: la causaba un viras -VIH- que debilitaba el sistema inmune y que se transmitía por medio de los fluidos corporales infectados, como el semen y la sangre. Afectaba sobre todo a los heroinómanos que compartían agujas hipodérmicas y a los que mantenían relaciones sexuales sin protección, particularmente a los más promiscuos. Freddie Mercury pertenecía a esta última categoría. “Soy solamente un viejo fiilano que se levanta cada mañana rascándose la cabeza y pensando qué va a querer follarse”, dijo una vez.
A finales de los 70 y principios de los 80, Queen llegaron a considerar Múnich como su hogar lejos del hogar. La ciudad tenía una cultura sexual diversa y activa, y para Mercury supuso el cielo y el infierno. May llegó a decir que a veces al cantante le costaba mucho quedarse en el estudio -“Quería hacer su parte y largarse”- y prefería pasar las noches en los pubs y discotecas de Munich.
Una noche conoció a la actriz Barbara Valentín, que había aparecido en varias películas de Rainer Fassbinder. Mercury inició un apasionado romance con Valentín al mismo tiempo que mantenía intensas y a veces tempestuosas relaciones con hombres (entre ellos, se rumoreó, con la estrella del ballet Rudolph Nureyev). En esta época también tomaba drogas y bebía mucho, quedándose a veces inconsciente y sin poder recordar lo que había hecho la noche anterior. Valentín le contó a Lesley-Ann Jones que se había encontrado a Mercury desnudo en el balcón cantándoles We are the champions a unos obreros de la calle, gritando al acabar: “¡Que suba el que tenga la polla más grande!”.
Existen varios relatos sobre la forma en que Mercury lidiaba contra los riesgos de contraer el sida. Algunos creen que era una de las razones por la que no le importaba que Queen no tocaran en EE UU a partir de 1982. Sin embargo, Paul Gambaccini, locutor de la BBC, recordaba haberse encontrado con Mercury una noche de 1984 en un club londinense llamado Heaven. Gambaccini le preguntó a Mercury si el sida había cambiado su actitud hacia el sexo libre. Mercury le contestó: “Cariño, mi actitud es ‘que le den’. Voy a hacer de todo con todo el mundo”. Gambaccini recordaba, “Se me encogió el corazón. En Nueva York había visto lo suficiente para saber que Freddie iba a morir”.
Freddie le contó una vez al periodista Ricky Sky: “Yo soy, por naturaleza, incansable y nervioso… una persona de extremos, algo que suele ser destructivo para mí mismo y para los demás”. En algún momento, Mercury claramente reconsideró su posición. A finales de 1985 se hizo un test de sida -los resultados fueron negativos. Abandonó la escena de clubs de Múnich, terminó su relación con Valentín y se instaló en una mansión en Kensington; su antigua novia Mary Austin, que era su secretaria personal, se la había buscado en 1980. “Yo vivía para el sexo”, diría más tarde. “Era extremadamente promiscuo, pero el sida cambió mi vida”.
En 1987 Mercury se hizo otra prueba del sida, pero esta vez prefirió no conocer los resultados. Después de intentar localizarle en varias ocasiones sin éxito, el despacho de su doctor se puso en contacto con Austin y le explicaron la urgencia de la situación: Mercury había sido diagnosticado como portador del virus VIH. “Sentí que mi corazón se derrumbaba”, diría Austin.
Mercury, sin embargo, aún no se lo había contado al resto de Queen. “Sabíamos que pasaba algo” diría posteriormente May, “pero no se hablaba de ello”. Poco tiempo antes, Paul Prenter, antiguo mánager personal del Mercury, le había contado a un periódico británico que Mercury se había sometido anteriormente a un análisis de sangre, y la prensa empezó a presionar al grupo sobre el tema. Mercury, por su parte, continuaba insistiendo en que los rumores eran falsos. Algunos amigos pensaron que lo que sufría Mercury era un problema hepático debido a su abuso del alcohol, aunque en 1987 Valentín había notado cicatrices en su cara y manos: posibles señales del sarcoma de Kaposi.
Cuando en 1989 el grupo acabó de grabar su decimotercer disco, The miníele, el cantante quiso grabar uno nuevo rápidamente. Esperaba grabar todo lo que pudiera, así que se dio cuenta de que tenía que explicarles a sus colegas de la banda la razón. “Decidió invitarnos a su casa para una reunión”, contó Taylor. Mercury les dijo: “Probablemente sabéis cuál es mi problema. Lo es, y no quiero que marque ninguna diferencia. No quiero que se sepa. No quiero hablar sobre ello. Sólo quiero seguir trabajando hasta que no pueda más. Me gustaría que me apoyarais en esto”. May contó después que se quedaron destrozados: “Nos marchamos y cada uno se fue a sufrir a su casa Esa fue la única conversación directa sobre el tema que tuvimos”. “Había mucha alegría, aunque parezca raro”, recuerda May. “Freddie sufría dolores, pero dentro del estudio era feliz”
Naturalmente, el ser conscientes de lo que sucedía afectó al tono de su siguiente disco, Innuendo. “Aquello logró una unión sin fisuras”, relató Taylor, “un cierre de filas”. May dijo que, como compositores, Queen sabían que se enfrentaban a su disco definitivo, pero la comunicación entre ellos era complicada. “No hablábamos entre nosotros sobre las letras” le contó May a Mojo en 2004. “Estábamos demasiado avergonzados como para hablar sobre las letras”. A pesar de ello, Innuendo (1991) trata la muerte inminente de una forma memorable y elegante, y lo hace sin un momento de autocompasión.
Al final del disco la enfermedad se mostró con toda su dureza”, contó May. “A veces, F’reddie era incapaz de verbalizar [lo que quería expresar], y nosotros, en cierto sentido… Esto va a sonar muy extraño, pero creo que Roger y yo verbal izábamos por él, escribiendo algunas de las letras. Porque él había llegado a un punto en el que no podía expresarse con palabras. Así que, en temas como The show must go on, en mí caso, o en Days of our Uves en el caso de Roger, era material que le ofrecíamos a Freddie para que él pudiera trabajar junto a nosotros. No hablábamos sobre ello. Estábamos intentando anticipar el final antes de llegar a él”. Taylor añadió: “Teníamos la determinación de quedarnos hasta el final”.
Había mucha alegría, extrañamente”, explica May. “Freddie sufría dolores… pero podía disfrutar de lo que más le gustaba hacer… A veces eso sólo duraba un par de horas, porque se cansaba mucho. Sin embargo, durante ese par de horas, lo daba todo. Cuando no podía tenerse en pie, solía apoyarse en una mesifa y se bebía un vaso de vodka: ‘Cantaré hasta que me desangre”.
Tras Innuendo, Mercury quiso volver a grabar para intentar acabar otro disco. “Me dijo: ‘Componme unas canciones… sigue dándome letras. Yo las cantaré”, recuerda May. Los resultados se publicaron en 1995 bajo el título Made in heaven. “Quería continuar porque era lo que más disfrutaba”, comentó Austin. “Trabajar le ayudaba a encontrar el coraje para afrontar su enfermedad” Jim Hutton, amante durante mucho tiempo de Mercury, quien vivió con él hasta su muerte, está de acuerdo: “De no haber tenido la música, no habría durado”.
En septiembre de 1991, Freddie Mercury había grabado todo lo que fue capaz y se retiró a su casa de Kensington. Se mostraba cauteloso con sus padres, según escribió Peter Freestone en Freddie Mereury: una memoria íntima, “porque quería protegerles de cosas que no entenderían ni aceptarían”. Años después su madre, Jer, dijo, “No quería herirnos, pero nosotros siempre lo supimos”.
Mercury rechazó a casi todas sas visitas; no quería que le vieran deteriorado. Dejó de medicarse y sufría momentos de ceguera. Continuó negando que tuviera sida hasta la tarde del 23 de noviembre de 1991, cuando publicó una declaración admitiendo la enfermedad; “Debido a las enormes conjeturas de la prensa, es mi deseo confirmar que he sido diagnosticado como portador del virus VIH y que tengo sida. He sentido que lo correcto era mantener esta información en privado para proteger la intimidad de los que me rodean. Sin embargo, ha llegado el momento de que mis amigos y fkns en todo el mundo sepan la verdad y espero que todo el mundo se una a mí, a los médicos y a aquellos en todo el mundo que luchan por erradicar esta terrible enfermedad”.
Aquellos que estaban junto a él dijeron que, después de hacerlo público, pareció sentirse sosegado.
La noche siguiente, Freestone y Hutton se preparaban para cambiar las sábanas de su cama cuando Hutton se dio cuenta de que ya no respiraba. “Se ha ido”, le dijo Hutton a Freestone. Freddie Mercury tenía 45 años. Freestone llamó a Taylor, quien iba de camino para hacerle una visita a Freddie, y le dijo: “No te molestes en venir”.
El funeral de Mercury tuvo lugar unos días después, en una ceremonia zoroastriana. Aretha Franklin cantó y la soprano Mon-serrat Caballé interpetó un aria de Verdi -Caballé había trabajado con Mercury en Barcelona. El cuerpo de Mercury fue incinerado, y Mary Austin -la única persona en la que Mercury confiaba, en sus propias palabras- llevó sus cenizas a un lugar que nunca ha revelado.
En abril del siguiente año, los demás miembros de Queen hicieron un concierto tributo a su cantante en el estadio de Wembley, aprovechando el evento para lanzar la fundación Mercury Phoenix, que sigue recaudando fondos para varias asociaciones que luchan contra el sida. Después del concierto, el grupo desapareció durante 13 años. Deacon se retiró completamente de la música salvo para las sesiones que completaron el disco de 1995 Mude in heaven, el último disco de estudio del cuarteto, que incluía los temas en los que Mercuiy había estado trabajando en su último año de vida. Todos los temas trataban sobre el esplendor del amor y lo efímero de la vida.
Nunca he podido superar su muerte”, diría posteriormente Taylor. “Ninguno de nosotros lo ha conseguido. Todos creimos que podríamos asumirlo pronto, pero infravaloramos el impacto que su pérdida tendría en nuestras vidas. Aún me resulta difícil hablar sobre ello. Es como si Queen hubiera sucedido en otra vida distinta”.
algunas personas les molestó cómo vivió Mercury y a otras cómo murió. Hubo homó-fobos que vieron en su deterioro un castigo por su sexualidad y promiscuidad. Otros, que habían luchado combatiendo el sida, le culparon por no haber reconocido su enfermedad hasta el último momento. Todos esos juicios perseguirán a Mercury eternamente, pero si su música puede considerarse una muestra de algo,
EL SHOW DEBE SEGUIR
Mercury, con capa y corona regias, en una actuación a mediados de los años 80: “Mi voz surge de la energía del público. Cuanto mejor son ellos, mejor soy yo”, decía. es que en ella hay una cualidad casi devota cuando habla de sus errores. Canción tras canción habló de mortalidad, desolación, soledad y esperanza, pero también rogaba por un santuario inalcanzable, nunca de forma tan directa como en Save me, incluida en The game (1980):
No tengo corazón por dentro estoy frío
no tengo propósito…
Sálvame
no puedo enfrentarme a esta vida yo solo”.
Al mismo tiempo, Mercury solía sentir que debía estar solo, como había estado en su infancia. “Puede que sea una vida solitaria”, dijo, “pero yo la elegí”. A comienzos de los 70, cuando Austin le sugirió que tuvieran un hijo juntos, Mercury supuestamente le respondió: “Preferiría tener un gato”. Más que el refugio doméstico, Mercury buscó el éxtasis y la agitación casi toda su vida y, obviamente, tuvo que pagar un precio por ello. En Don’l stop me nou’, una de sus mejores canciones, escribió sobre sus valores con una crudeza que tenía algo de felicidad:
Soy un cohete que se dirige a Marte
camino a una colisión
soy un satélite fuera de control
soy una máquina sexual lista para recargar”.
En The Marriage of Heaven and Hell, el poeta William Blake proclamó su famosa frase: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Máxima cuyo significado suele interpretarse como que una vida de intemperancia -satisfacer los deseos sin autocontrol- acaba llevando a la comprensión de la futilidad de dichas autocomplacencias y en último término, a perseguir otros propósitos más significativos. Pero también podría significar que si no te arriesgas, nunca descubrirás las posibilidades que existen, aquello que te conducirá a la gran revelación. En The miracle, Mercury se enfrentó a sus excesos sin miramientos y descubriendo la respuesta:
¿Mereció todo la pena todos estos años?
No importa si ganamos, si perdimos
Vivir, respirar el rock & roll
¿Mereció la pena?
Sí, fue una experiencia que mereció la pena la mereció”.
Sabía que le quedaba poco tiempo cuando cantó esos versos. No había sitio para falsedades. “Mis errores”, dijo una vez, “son sólo míos”.
Taylor compuso para él la mejor canción que Mercury cantó en sus últimos años, These Are The Days Of Our Lives. Es un tema sobre la aceptación de lo que has hecho con tu vida y sobre mirar hacia la muerte con firmeza y elegancia. El video de la canción contiene sus últimas imágenes delante de una cámara. Es, sin lugar a dudas, un hombre moribundo -dolorosamente consumido, los que estaban con él recuerdan que hasta el roce de la ropa sobre la piel le causaba agonía. No obstante, en aquellas momentos está completamente presente, incluso radiante. Mira hacia el cielo, con los brazos abiertos, y luego fija la vista en la cámara mientras dice lo único que le queda por decir:
Aquellos fueron los días de nuestras vidas – sí
las cosas malas fueron tan pocas
aquellos días ya se han marchado, pero hay algo que sigue siendo cierto
cuando miro y me doy cuenta
de que aún te quiero… aún te quiero”.
En esos momentos se siente justificado: ha encontrado su sabiduría, que fue dura de aprender, probablemente de la única forma en la que pudo hacerlo. La muerte de Freddie Mercury’ supuso su salvación.





Será mi auto regalo por Navidad.













Hoy tengo ganas de música. Hoy toca Melvins, Rocío Jurado, Marieta, Pancho Céspedes La Piriñaca y terminaremos con Nirvana a saco.









Y esto para compensar. Espero que os guste.




Y ahora voy a ponerme un poco serio, aunque últimamente cada vez tengo menos ganas de tomarme todo en serio. Algún día se le hará justicia a Charles Thompson, y se le reconocerá como uno de los mejores músicos del siglo XX. Ese día aún no ha llegado, lamentablemente.